Cuando los medios de comunicaciòn no ayudan a la Educaciòn

Me tomo el atrevimiento de publicar la carta abierta de Mariana Colasso Sosa escribiò en su perfil de Facebook, èsta va dirigida a la comunicadora Ana Nahum ; en la misma creo que se refleja la visiòn que muchos medios de comunicaciòn le asignan a la Educaciòn por lo que no creo que contribuyan al mejoramiento de la misma sino de menoscabarla.

Carta abierta a Ana Nahum.
10 de Marzo de 2014 a la(s) 18:39
Le escribo esta carta como madre pero también como docente.
En la emisión de su programa matutino del día de hoy, 10 de marzo de 2014, tuvo usted la desafortunada oportunidad de hacer el siguiente comentario:

“Hoy empiezan las clases, volvés a ser una persona, tus hijos tercerizados, podés ir a la peluquería…”

No creo que sea usted totalmente consciente de la cantidad de barrabasadas que fue capaz de expresar en tan pocas palabras. Por eso es que me tomo la libertad de hacérselas notar, ya que no es la primera vez que hace comentarios del estilo, y no en la intimidad del hogar, sino al aire en un programa de televisión de uno de los principales medios de este país.

Para empezar, aclararle que ni la Escuela ni el Liceo ni ninguna otra institución educativa son lugares de depósito de niños o adolescentes. No son servicios que uno contrata para que alguien se haga cargo de nuestros hijos mientras nosotros estamos en otras actividades. La institución educativa no es una “solución” para cuando no tenemos otro lugar donde dejar a nuestros hijos y “volvemos a ser personas”. La Escuela y el Liceo son lugares para el desarrollo de las personas que son nuestros hijos, son lugares de aprendizaje, de crecimiento. Pero poco pueden hacer estas instituciones por el desarrollo de sus alumnos si en la casa impera el deseo de que empiecen las clases para “tercerizar” la crianza o el acompañamiento de nuestros hijos. Como docente puedo afirmar que los alumnos “más exitosos” (si se me permite el término) no son aquellos que están más tiempo en la institución educativa, sino aquellos que tienen un mayor apoyo en sus hogares, aquellos cuyos padres se niegan a “tercerizar” a sus hijos.

Por otra parte, pensar que uno “vuelve a ser una persona” cuando logra “tercerizar” a sus hijos es, cuando menos, un pensamiento bastante triste. Es cierto que el cuidado y el acompañamiento de otra persona puede insumirnos mucho tiempo, probablemente todo el día; si bien podemos no estar físicamente con nuestros hijos todo el tiempo, sí están ellos constantemente en nuestros pensamientos, nuestras preocupaciones, nuestros deseos, nuestras conversaciones. ¿Pero para qué querría uno ser padre o madre si no fuera así? ¿Qué gracia tiene tener hijos si uno está deseando que empiecen las clases para “volver a ser una persona”? Y además, ¿qué significa eso de “volver a ser una persona”? ¿Poder ir a la peluquería? Ni siquiera estamos hablando ya de continuar con nuestro propio desarrollo como seres humanos, como padres, como trabajadores, sino de un mero capricho estético. Si eso es ser persona, en este mismo acto estoy devolviendo el título. No me interesa ser persona si eso implica “tercerizar” el cuidado de mi hijo para que yo pueda ir a arreglarme el cabello. No he dejado de ser persona por haberme convertido en madre. Es más: soy una persona que acompaña a otra en su crecimiento. Y aún más: al final de mi carrera habré tenido la oportunidad de acompañar a cientos de otras personas en su desarrollo. Qué privilegio el mío.

Probablemente usted haya hecho este comentario en un tono jocoso, pero como escribí antes, no es la primera vez que usted se expresa en esa misma línea de pensamiento. El año pasado, mientras los docentes estaban en huelga por mejores condiciones de trabajo y de estudio para los hijos de todos los orientales, su preocupación no era el estado de los locales de los liceos y las escuelas en donde miles de niños y adolescentes pasan horas y horas de sus días; tampoco el bajo salario de los docentes; ni siquiera las clases perdidas. Su preocupación era que muchos padres “no saben qué hacer con sus hijos, dónde dejarlos”. Y es una preocupación legítima de cualquier padre, pero no debería ser prioritaria, sabiendo que nuestros hijos van a pasar horas en locales que no sólo no están en condiciones para que se produzca un correcto desarrollo de los procesos de enseñanza y aprendizaje, sino que muchas veces representan un riesgo real para la integridad de todas las personas que allí acuden a trabajar o estudiar. Frente a esa realidad, ¿no le parece a usted que, de pronto, ir a la peluquería no es tan relevante?

Con esta carta no intento cuestionar sus capacidades o habilidades como madre, ya que desconozco por completo si usted tiene hijos. Lo que intento hacer es un llamado a la reflexión por su parte, ya que como una comunicadora al frente de un programa de televisión en un medio de comunicación masivo, tiene usted una responsabilidad también masiva, que es la de formar opinión en la ciudadanía. Flaco favor le hacemos a nuestros hijos y al país si legitimamos la concepción de que la institución educativa es un servicio tercerizado para el cuidado de niños o adolescentes y no un ámbito con el que acompañamos a otras personas en su desarrollo; desarrollo que indefectiblemente comienza en la casa con la familia, y que alcanza sus mejores “resultados” cuando se trata de una familia que acompaña ese proceso, sin que eso implique que los padres dejen de ser personas.

Mariana Colasso Sosa
Profesora de Inglés

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