Chocar contra un iceberg llamado burocracia

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El monstruo llamado burroKracia es muy necio !!

El pasado año, el joven maestro Francisco Bliman, eligió ponerse al frente de la escuela unidocente N° 80, ubicada a 10 kilómetros de Solís de Mataojo, Lavalleja. Los doce alumnos que tuvo provenían de cinco familias de la zona, y sus edades iban de 4 (una niña) a 14 años (un varón).

Allí debió aplicar la didáctica multigrado, es decir una técnica que implica abordar un tema con un eje común, pero presentado con distintos niveles de complejidad en cada grado. Los mayores estudiaban la fotosíntesis y la más pequeña hacía un collage de un árbol.

Además de esta labor didáctica, Bliman se volcó a la comunidad y, en acuerdo con los padres de los niños, en las vacaciones de julio trajo a Montevideo a diez de sus alumnos, en dos tandas de cinco, para que conocieran la rambla, el zoológico, el Parque Rodó y el mirador municipal. A todos los alojó en la casa de unos abuelos suyos que estaban en plan de mudanza. Esta excursión le ocasionó las primeras desavenencias con las autoridades de Primaria. A fines de 2013, también organizó paseos a playas, como a Cabo Polonio, un fin de semana, o salidas de pesca a los arroyos cercanos.

“En una escuela rural, sos maestro, vecino y parte de la comunidad. El vínculo es mucho más intenso que en una escuela urbana, sin desmerecer los vínculos que se puedan establecer en ésta. En lo rural es mucho más intenso, se pasan días enteros, se comparten las vidas, y a veces te van a ver fuera de tu papel de maestro. A mí, como a Francisco. El objetivo de los paseos fue que los niños conocieran Montevideo, disfrutar con ellos, más allá de que salieran cosas para después trabajar en la escuela. Eso le molestó a la Inspección departamental. Yo decía que lo hice como vecino y me contestaron que no podía porque no dejaba de ser maestro. Sentí que me estaban tildando de irresponsable. Escribí una carta contestando que mi responsabilidad nacía del vínculo con la gente y no por lo que me exigía Primaria en sí. Creo que esas responsabilidades que asumí son mayores que las exigidas”, contó el maestro Bliman a El País.

Proyecto abortado.
A fines de 2013, el diálogo fluido de Bliman con los padres de los alumnos derivó en una serie de conclusiones. El maestro dijo que se tenía fe para reunir fondos y contratar profesores. Entre todos apostaron a un docente de inglés, otro de música, y una maestra para los llamados “iniciales”, los más chicos.

“Yo hablé con empresarios que de su bolsillo, sin generar ningún impuesto, ponían la plata. Lo hice sin saber que podría mantener el cargo, porque si esperaba a marzo no iban a dar los tiempos para efectuar este plan que armamos con la comunidad. La escuela no está cotizada para ser elegida debido a las dificultades de acceso, pero cuando ya casi no quedaba nadie, otro maestro la eligió. Hablé con él, le dije lo que había armado y le comenté que no quería cortar con la idea. Aunque no cobrara un sueldo de Primaria, yo quería estar ahí, aunque él tuviese, por supuesto, libertad para adaptar el plan a su programa, porque él sería el encargado. Se trataba de un trabajo ya financiado durante cuatro o cinco años. A la semana, el maestro me respondió que la Inspectora departamental le dijo que los docentes podían ir a la escuela, pero no yo”.

De hecho, tal resolución implicó que el proyecto no se implantase, puesto que los mecenas colaboraban directamente con el maestro Bliman.

“Si yo no estaba de alguna manera, no había proyecto. Por eso llamé a la Inspectora departamental, para que me explicara sus argumentos. Me dijo que como yo había estado en la escuela podía influir en la gestión del nuevo maestro director. Le respondí que me parecía un tanto hipócrita hacer un discurso sobre la necesidad de integrar a la comunidad por un lado, y por otro, cuando se plantea la posibilidad concreta de hacerlo, se dice que no. La respuesta de la Inspectora fue: Tú no sos de la comunidad. Esta persona, que nunca fue a la escuela, que no conoce a los niños, que no conoce a los padres, tiene la posibilidad de decidir sobre lo que va a pasar allí. ¿Hasta dónde eso es democrático? Más allá de ese daño a la escuela, hay que analizar que cualquier sistema exitoso se destaca por la descentralización basada en la autonomía del docente y de la comunidad escolar, que son los que más conocen las variables. Los mejores sistemas siempre tienen más autonomía que control. En varios países de África hay cero autonomía, porque no confían en los docentes; no hay maestros titulados y a los estudiantes que terminaron el Bachillerato les dan un manual con todas las actividades marcadas. En Finlandia el programa lo arma el centro escolar; no hay inspectores. ¿En qué punto nos paramos nosotros?”

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